Viabilidad de proyectos

El emprendimiento tiene que ver con el proceso de descubrimiento, evaluación y explotación de oportunidades; pero también con las personas que las descubren, evalúan y explotan. No requiere, pero puede incluir, la creación de nuevas organizaciones. De hecho, suele confundirse con el proceso de puesta en marcha de empresas y así lo utilizaremos en estas reflexiones. Pero ha de quedar claro que la cultura emprendedora está indisolublemente ligada a la iniciativa y a la acción. Las personas dotadas de espíritu emprendedor poseen la capacidad de innovar; tienen voluntad de probar cosas nuevas o hacerlas de manera diferente.

Por tanto, el espíritu emprendedor no debe confundirse con el llamado espíritu de empresa. Éste consiste en identificar oportunidades y reunir recursos suficientes, de naturaleza varia, para transformarlos en una empresa. Sin embargo, el que llamamos espíritu emprendedor conlleva un aspecto mucho más amplio de actitudes positivas. Supone querer desarrollar capacidades de cambio, experimentar con las ideas propias y reaccionar con mayor apertura y flexibilidad. Además, el espíritu emprendedor presenta una doble faceta. Por un lado, supone saber lanzar nuevos proyectos con autonomía, capacidad de asumir riesgo, con responsabilidad, intuición, capacidad de proyección al exterior y de reaccionar y resolver los problemas. Por otro, también supone saber llevar a cabo proyectos de otros con el mismo espíritu de innovación, responsabilidad y autonomía.

Pero, sea cual sea la acepción que elijamos, llamo la atención en que hablamos de innovación y no de creatividad. La creatividad es pensar en ideas nuevas y apropiadas, algo difícilmente medible; mientras que la innovación es la aplicación con éxito de las ideas dentro de una organización. En otras palabras, la creatividad es el concepto y la innovación es el proceso. La creatividad hace referencia a las ideas, a nuevas formas de ver las cosas. La innovación se centra en hacer las cosas. Una idea sólo es verdaderamente innovadora si se introduce en un mercado y sobrevive; la prueba es el tiempo de vida en el mercado o, mejor, la permanencia de la lealtad de los clientes. En definitiva, innovar –emprender- es preocuparse por hacer una idea viable, por elegir el mejor camino que nos conduzca a las mayores probabilidades –medibles- de concretar una idea con éxito.

Se conoce como análisis de viabilidad al estudio que intenta predecir el eventual éxito o fracaso de un proyecto. Cualquier proyecto o empresa que se desee poner en marcha tiene que tener como herramienta principal un plan de viabilidad que deje patente las posibilidades de éxito que aquellas iniciativas pueden tener. No es una simple formalidad burocrática, sino que es una herramienta necesaria para la toma de decisiones estratégica; es una forma de pensar. Es imprescindible llevar a cabo una investigación completa que conduzca al conocimiento de si realmente el proyecto aportará los beneficios que se esperan de él y podrá sobrevivir durante un tiempo razonable.

Para lograr esto, parte de un análisis de la situación con datos empíricos (que pueden ser contrastados) a los que accede a través de diversos tipos de investigaciones (encuestas, estadísticas, etc.), que sirva para identificar las fortalezas y debilidades del enfoque actual. Es decir, comienza con un análisis de la realidad concreta en la que se quiere desarrollar para minimizar el margen de error.

El proyecto es el instrumento que da sentido, define, concreta y estructura las distintas actividades que queremos desarrollar, enmarcándolas en los fines del plan de gestión y de la planificación estratégica. Y el estudio de viabilidad consiste en algo tan obvio como ver si es posible ejecutar el proyecto y darle la continuidad que precisa.

Para ello, habremos de tener en cuenta los recursos con los que contamos, los que necesitamos y nuestra capacidad para conseguirlos y seguir generándolos en el futuro. Si contamos con esos recursos, el proyecto es viable y podemos ponerlo en marcha; si no hay recursos suficientes o no tenemos claro que seamos capaces de generarlos en el futuro, la decisión más inteligente es descartarlo o aplazarlo.

La viabilidad de una empresa está condicionada al cumplimiento de los cuatro aspectos siguientes:

  • Viabilidad técnica.
  • Viabilidad comercial.
  • Viabilidad económica.
  • Viabilidad financiera.

Viabilidad técnica: Hace referencia a aquello que atiende a las características tecnológicas y naturales involucradas en un proyecto. El estudio de la viabilidad técnica suele estar vinculado a la seguridad y al control de lo que vamos a hacer; esto es, a sus características, funcionalidades y propiedades físicas y a cómo lo vamos a hacer. Tendremos que conocer cuál es el proceso de fabricación/realización, los medios técnicos necesarios, los medios humanos que van a intervenir y su cualificación, los materiales necesarios, control de calidad, gestión de residuos, etc. El estudio de viabilidad técnica conlleva resolver la pregunta de si es posible, desde el punto de vista tecnológico, desarrollar eficientemente nuestros productos/servicios.

Viabilidad comercial: Un proyecto es viable comercialmente si justifica la existencia de un mercado para el producto/servicio previsto, y las ventas previstas son realistas con el planteamiento que se realiza de la empresa.

Viabilidad económica: El proyecto es viable, desde el punto de vista económico, si, con los recursos que somos capaces de conseguir, es capaz de generar beneficios y tener una rentabilidad suficiente que compense los riesgos en los que se va a incurrir.

Viabilidad financiera: El proyecto es viable, desde el punto de vista financiero, si no plantea problemas de tesorería y tiene una estructura financiera equilibrada, en cuanto a endeudamiento, solvencia y liquidez. Esto es, si con el dinero que se va a generar (inicialmente, con aportaciones de socios y endeudamiento, y luego con los cobros por las ventas derivadas de nuestra actividad) se puede hacer frente, puntualmente, a los pagos.

 

Rentabilidad económica y financiera
Rentabilidad económica y financiera

BAIT: Beneficios (ingresos menos gastos) antes de deducir intereses e impuestos.

BN: Beneficios netos.

 

Al margen de conocimientos técnicos, el uso del pragmatismo y del sentido común resulta imprescindible. Hemos de tener clara una idea central. Al margen de otras consideraciones, más o menos importantes, nunca debe perderse de vista que la empresa, el proyecto, debe de mantenerse en el tiempo, debe sobrevivir en el mercado. Si la empresa muere, todo lo demás pasa a un segundo plano, por no decir que también desaparece. Y deben de darse siempre dos condiciones para el mantenimiento de la empresa en el mercado:

  1. Rentabilidad: Los impulsores de un proyecto no asumirán un riesgo si no obtienen una recompensa suficiente para asumir riesgos o, por lo menos, dedicar su tiempo al mismo. No necesariamente hablamos de dinero (en una empresa de negocios estará claro que sí), pero siempre de la consecución del objetivo que justifica nuestros desvelos (v. gr.: una empresa social). Por lo tanto, su medida siempre vendrá dada por una relación: Lo que obtengo (normalmente hay que vender) con respecto a lo que aplico (recursos aplicados).
  2. Solvencia: Si no se paga a tiempo (salida de dinero), la empresa desaparece. Y para pagar, antes hay que cobrar (entrada de dinero). En consecuencia, su medida vendrá dada por la relación entre cobros (normalmente hay que vender) y pagos en el tiempo.

Es fácil, pues, sacar una primera y fundamental conclusión: hay que vender o, al menos, tener las suficientes probabilidades de que esas ventas (y cobros) se van a producir. De otra forma, quizás demasiado drástica: si todavía no tienes ventas, no vayas a buscar inversores, ve a buscar clientes. Un inversor es alguien que prefiere invertir su dinero en una empresa en vez de ponerlo en bonos del Estado o en el banco, y al hacerlo asume un gran riesgo. A menudo pierden su dinero, y a cambio esperan obtener de las inversiones que salen bien un beneficio bastante mayor del que les daría una inversión más segura.

Además del enfoque de sentido común que el estudio de viabilidad de un proyecto aporta a la planificación del mismo, existen muchas otras razones que impulsan a las empresas y emprendedores a comprometerse con su elaboración. La realización de un estudio de este tipo es una buena práctica y su aplicación puede observarse en todos los negocios de éxito. Las organizaciones que menores cotas de fracaso de proyecto presentan tienen en común el haber dedicado el tiempo y los recursos necesarios a examinar a fondo todas las cuestiones y evaluar su probabilidad de éxito antes de iniciar el siguiente proyecto. Además de minimizar el riesgo, el estudio de viabilidad les ayuda a:

  • Centrarse en el proyecto en sí y obtener una perspectiva más completa de las distintas alternativas. De hecho, es frecuente presentar distintos escenarios (optimistas y pesimistas; mejor, realistas) en cualquier estudio de viabilidad.
  • Detectar los signos que advierten de que es mejor no continuar y las razones que justifican esta cautela. Detectar adecuadamente los distintos tipos de riesgos y las posibles responsabilidades en las que se puede incurrir.
  • Aumentar la probabilidad de éxito al descubrir los distintos factores y circunstancias que, desde el principio, podría afectar al proyecto y perjudicar a sus resultados. A estos efectos, es fundamental temporizar (el factor tiempo es vital) y revisar en el tiempo (no es algo cerrado o que se haga una sola vez). Para aumentar su usabilidad es importante que contenga suficientes detalles como para permitir continuar con la siguiente fase en el proyecto.
  • Contar con información de calidad para llevar a cabo una toma de decisiones basada en datos objetivos y fiables. Además, disponer de documentación completa, fruto de la investigación a fondo que la empresa ha llevado a cabo en diferentes áreas, que justifique el rigor y la precisión de las previsiones y cálculos realizados.
  • También contribuye a atraer inversiones, uno de los beneficios más aplaudidos del estudio de viabilidad de un proyecto, tanto de nuevos socios como de instituciones de crédito y otras fuentes monetarias.

Si se quiere obtener dinero de un inversor (si vas a arriesgar tu propio dinero), se debe de tener muy claro que normalmente no invertirá sólo en ideas, power points ni tecnología que hayan salido del laboratorio, salvo raras excepciones. Sobre todo necesitará saber que hay un número creciente de personas dispuestas a pagar por lo que ofreces, o al menos que hay mucha, mucha, gente interesada en ello. A esto se le llama tracción de mercado. “No tracción, no money”.

Además, para recuperar su dinero (fundamental el plazo de recuperación de la inversión previsto) tiene que obtener dividendos (beneficios que se distribuyen, para lo que tiene que darse dos condiciones: que se produzcan y que se tome el correspondiente acuerdo de reparto, en lo que tiene mucho que ver quién detenta la mayoría de votos) y, sobre todo, tiene que poder vender su parte de la empresa a otra persona por bastante más dinero del que invirtió.

Para poder hacer esto la empresa debe haber aumentado mucho su facturación y tener perspectivas de crecer aún más. Traducido: no basta con que el negocio sea rentable (ingresos > gastos), además es deseable que sea fácilmente escalable y tenga potencial de crecimiento durante el suficiente tiempo.

Lázaro Rodríguez Ariza es Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad y responsable de la Cátedra Santander de la Empresa Familiar de la Universidad de Granada. 
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